Historia de un albergue

Chapa Albergue Gaia
Chapa Albergue Gaia

Corría el año 2001 y un amigo le propuso a Marisa – ¿Porqué no te vienes al Camino de Santiago…? Voy con mi hermana. Nosotros ya hemos hecho un tramo y lo pasamos genial. Marisa le miró con cara de estupor –  Deja, deja, que eso debe ser muy “cansao” – respondió Marisa. Pero el caso es que LuisMa, que así se llamaba el amigo, insistió. Tanto insistió, que Marisa aceptó la propuesta.  Comenzó a entrenar, primero andar una hora diaria por el parque de su barrio, y luego un poco más. Preparar las etapas, algunas de 25 km!, hacerse con el equipo (entonces no había “Quechuas”), tratar con sus límites, acortar sus miedos… Quien le iba a decir a, una urbanita de pro como Marisa, que sería capaz de andar tantos kilómetros. Dicho y hecho. El Camino la esperaba…

Así empezó Marisa su andar por el Camino de Santiago. Volvió transformada y no paraba de contarle a todo el mundo que era eso de andar de pueblo en pueblo, que si las flechas para no perderse, que si el menú del peregrino, que si los albergues espartanos . Pero pese a que no pintaba un panorama de color de rosa, la cara se le iluminaba cuando contaba sus anécdotas y lo bien que lo había pasado.

Después, vinieron más Caminos. Con sus hermanas, con su marido Carlos, sus cuñados, mas amigos… Y el resultado siempre era el mismo. Cuanto más andaba, mas quería.

Nada importaba, porque todo era gozoso y el resultado insuperable. La pareja, Carlos y Marisa, era ya auténticos peregrinos. Juntos, atravesaron valles, ríos, bosques, lluvias y calores y en todas partes la misma respuesta llena de júbilo y simpatía. El contacto humano, los albergues más emblemáticos del Camino, como Grañón, Tosantos, Ribadixo, los más acogedores y los más hostiles, que también los había. No importaba y todos valían para hacer realidad la máxima de que el peregrino no exige nada, sólo agradece. Porque el Camino te da mucho para agradecer, al menos a quien quiera aceptarlo sin condiciones. El encuentro con uno mismo, para probar sus fuerzas, sus límites; el contacto con los demás peregrino, ya fueran alemanes, brasileños o murcianos. La maravillosa gente de los pueblos por los que pasaban, desde el paisano que cedía su sombra en la plaza, hasta la señora del colmado que les preparaba un jugoso bocadillo de tortilla, aunque tuviera que hacerla en su propia casa. Y también los amaneceres fresquitos, las puestas de sol doradas, los cielos y las nubes de increíbles formas, las campiñas y hasta las ampollas acaban agradeciéndose si te impregna el espíritu caminero.

Más adelante, vivieron la época de Hospitaleros Voluntarios del Camino. Allí aprendieron que así como ellos habían pasado por el Camino en sus innumerables  viajes por el Francés o el Aragonés, también el Camino podía pasar por ellos en forma de peregrinos anónimos a los cuales acoger con amor y respeto, haciendo por ellos todo lo que estaba en sus manos y siempre dispuestos con una sonrisa, a ayudar a quien lo necesitara. Devolver algo al Camino.

Hasta el punto en que Carlos y Marisa empezaron a soñar con tener un albergue propio. Un lugar donde vivir, donde compartir, donde entregar el Camino a sus hermanos peregrinos, para que lo entiendan mejor, para que descansen mejor, para devolver cuanto de bueno habían recibido de esa mágica experiencia.  Y surgió el proyecto y se desarrolló la idea y el sueño se hizo realidad. Y el hijo de estos peregrinos, se llama ahora Albergue Gaia donde te esperan con los brazos abiertos.

 

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2 pensamientos en “Historia de un albergue”

  1. Bonito resumen y real como la vida misma, a la vez que muy emocionante por la parte que me toca.
    Mis mejores deseos para el albergue Gaia, el sueño de mis amigos convertido en realidad.

    Me gusta

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