Un paseo por Mansilla

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Bandera y escudo de Mansilla

Antigua villa amurallada con trazado medieval que sirve de unión entre el Real Camino Francés y la Vía Trajana en el camino hacia Santiago de Compostela. Situada a 17 Km. de la ciudad de León y a orillas del río Esla, presenta atractivos más que suficientes para hacer una parada y recorrerla

En la encrucijada de muchos caminos, ofrece al apresurado turista, ávido quizá de extasiarse ante las obras de arte del gótico o el románico de la Catedral o San Isidoro de León,  el curioso contraste del paisaje mesetario con la innegable belleza de las inmediaciones del río -álamos, chopos, balsas, paleras- en impresionante panorámica desde el viejo puente que fue romano o desde el nuevo pasarela hacia la Fuente de los Prados y aún habría la posibilidad de subir ¡mejor temprano! al puente elevado, en la variante de la carretera de reciente construcción y divisar desde allí el esplendor del río desparramado en la llanura, las murallas, el postigo y la barbacana, los cubos almenados y las torres de Santa María y de San Martín.

Se puede bajar después por el puente viejo en sentido inverso al recorrido que hacían los peregrinos del Camino de Santiago, que entraban por la Calzada y salían por el puente Romano hacia León y seguir, dejando a la izquierda la plaza de San Nicolás, por la Ronda del Río que recorre la muralla por la parte interior de la villa, hasta la plaza de la Pícara Justina, perderse en las antiguas callejas de la judería o salir, por el Convento de San Agustín hacia la puerta Oeste de la muralla, llegarse hasta los cubos almenados o al Molino de los Curas, que conserva el antiquísimo palomar y regresar por la calle de los Olleros hasta la Plaza del Pozo con antiguos soportales con postes de madera, como en la Plaza del Grano o en la de La Leña aquí, los más antiguos, con casas de barro.

Vistas de la muralla
Vistas de la muralla

Desde la Plaza del Pozo, siguiendo la calle de la Concepción se llega a la puerta (o Arco de la Concepción) mejor conservada de la antigua muralla. Seguramente el viajero admirará aquí una de las perspectivas más atractivas de Mansilla, aunque tiene otras muchas, como la recoleta plaza de Santa Eugenia con la iglesia de San Martín de gran interés artístico y la esbelta torre con el nido de la cigüeña, o el callejón del Postigo con salida al rio.

A la vuelta, otra vez por el Callejón, el contraste de la luz saliendo hacia la plaza de humildes soportales de postes de madera, quedará inevitablemente plasmado en inolvidable fotografía si se tiene una cámara a mano.

Mansilla, fiestas mediavales
Mansilla, fiestas mediavales

Ya desde allí si hay suerte y es día de feria o de mercado, se verá el típico movimiento del comercio y el trasiego de los feriantes de plaza a plaza por las calles estrechas que estuvieran empedradas. se puede abandonar Mansilla en cualquier dirección, bien por la plaza del Pozo o por la de San Nicolás; Si es hacia el Sur, seguro que el viajero, o el turista, se detendrán un momento en la ermita de la Virgen de Gracia, patrona y protectora secular de los mansilleses.

Y si vienes a Mansilla no dejes de visitar el Albergue Gaia.

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Albergue Gaia muy cerca de la Ermita de la Virgen de Gracia

 de la villa.


 

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Otra forma de llegar a Mansilla – El Camino Valdeniense

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El Camino Vadiniense (o Ruta Jacobea por Liébana) es el Camino de Santiago que enlaza el Camino del Norte con el Camino Francés a través de los Picos de Europa, en la Cordillera Cantábrica. Un recorrido de alta dureza y gran belleza. En su tramo inicial coincide con el Camino Lebaniego, ruta secular de peregrinación al Monasterio de Santo Toribio de Liébana, donde se resguarda el Lignum Crucis.

Aquí os dejamos una página-guía bastante completa de este singular y poco conocido Camino.

http://www.gronze.com/camino-de-santiago/caminos/guia-del-camino-vadiniense

Historia de un albergue

Chapa Albergue Gaia
Chapa Albergue Gaia

Corría el año 2001 y un amigo le propuso a Marisa – ¿Porqué no te vienes al Camino de Santiago…? Voy con mi hermana. Nosotros ya hemos hecho un tramo y lo pasamos genial. Marisa le miró con cara de estupor –  Deja, deja, que eso debe ser muy “cansao” – respondió Marisa. Pero el caso es que LuisMa, que así se llamaba el amigo, insistió. Tanto insistió, que Marisa aceptó la propuesta.  Comenzó a entrenar, primero andar una hora diaria por el parque de su barrio, y luego un poco más. Preparar las etapas, algunas de 25 km!, hacerse con el equipo (entonces no había “Quechuas”), tratar con sus límites, acortar sus miedos… Quien le iba a decir a, una urbanita de pro como Marisa, que sería capaz de andar tantos kilómetros. Dicho y hecho. El Camino la esperaba…

Así empezó Marisa su andar por el Camino de Santiago. Volvió transformada y no paraba de contarle a todo el mundo que era eso de andar de pueblo en pueblo, que si las flechas para no perderse, que si el menú del peregrino, que si los albergues espartanos . Pero pese a que no pintaba un panorama de color de rosa, la cara se le iluminaba cuando contaba sus anécdotas y lo bien que lo había pasado.

Después, vinieron más Caminos. Con sus hermanas, con su marido Carlos, sus cuñados, mas amigos… Y el resultado siempre era el mismo. Cuanto más andaba, mas quería.

Nada importaba, porque todo era gozoso y el resultado insuperable. La pareja, Carlos y Marisa, era ya auténticos peregrinos. Juntos, atravesaron valles, ríos, bosques, lluvias y calores y en todas partes la misma respuesta llena de júbilo y simpatía. El contacto humano, los albergues más emblemáticos del Camino, como Grañón, Tosantos, Ribadixo, los más acogedores y los más hostiles, que también los había. No importaba y todos valían para hacer realidad la máxima de que el peregrino no exige nada, sólo agradece. Porque el Camino te da mucho para agradecer, al menos a quien quiera aceptarlo sin condiciones. El encuentro con uno mismo, para probar sus fuerzas, sus límites; el contacto con los demás peregrino, ya fueran alemanes, brasileños o murcianos. La maravillosa gente de los pueblos por los que pasaban, desde el paisano que cedía su sombra en la plaza, hasta la señora del colmado que les preparaba un jugoso bocadillo de tortilla, aunque tuviera que hacerla en su propia casa. Y también los amaneceres fresquitos, las puestas de sol doradas, los cielos y las nubes de increíbles formas, las campiñas y hasta las ampollas acaban agradeciéndose si te impregna el espíritu caminero.

Más adelante, vivieron la época de Hospitaleros Voluntarios del Camino. Allí aprendieron que así como ellos habían pasado por el Camino en sus innumerables  viajes por el Francés o el Aragonés, también el Camino podía pasar por ellos en forma de peregrinos anónimos a los cuales acoger con amor y respeto, haciendo por ellos todo lo que estaba en sus manos y siempre dispuestos con una sonrisa, a ayudar a quien lo necesitara. Devolver algo al Camino.

Hasta el punto en que Carlos y Marisa empezaron a soñar con tener un albergue propio. Un lugar donde vivir, donde compartir, donde entregar el Camino a sus hermanos peregrinos, para que lo entiendan mejor, para que descansen mejor, para devolver cuanto de bueno habían recibido de esa mágica experiencia.  Y surgió el proyecto y se desarrolló la idea y el sueño se hizo realidad. Y el hijo de estos peregrinos, se llama ahora Albergue Gaia donde te esperan con los brazos abiertos.